lunes, 9 de febrero de 2026

La impiadosa Colitis Ulcerosa: Mi experiencia personal

 



La impiadosa Colitis Ulcerosa



Mi experiencia personal, a un año del diagnóstico.


Cuando salí del hospital luego de estar veinte días ingresado, me costaba creer que fuera el mismo que hacía apenas un mes había completado una media maratón. En ese momento, quise cruzar la avenida rápido para alcanzar un taxi, y me sentía como un bebé aprendiendo a caminar; Mis piernas desbalanceadas apenas lograban mantenerme erguido”.


Información general: ¿Qué es la colitis Ulcerosa?


Fuente: Fondo Nacional de Recursos


La Colitis Ulcerosa (CU) es una afección inflamatoria crónica del colon de causa multifactorial, resultado de una activación persistente e inapropiada del sistema inmunológico intestinal. Puede observarse en ambos sexos y a cualquier edad, predominando en el adulto joven, determinando un gran impacto en su calidad de vida. Afecta exclusivamente el colon en forma continua y simétrica desde el recto afectando este en forma exclusiva (proctitis) o extendiéndose proximalmente (colitis izquierda o colitis extensa-pancolitis).

Los síntomas dependen de la extensión del compromiso del colon y de su severidad. Característicamente se manifiesta por sangrado (rectorragia), dolor abdominal, adelgazamiento y anemia. Puede acompañarse también de manifestaciones extraintestinales principalmente articulares, dermatológicas, oculares y hepatobiliares. Evolutivamente el 50% de los pacientes se van a mantener en remisión clínica luego del debut, un 40% van a presentar empujes y remisiones de su actividad y un 10% tendrán actividad crónico-continua. Su diagnóstico se realiza en base a la clínica y a los hallazgos endoscópicos, anatomopatológicos y evolutivos.

La CU no es medicamente curable, el objetivo de su tratamiento es la inducción y el mantenimiento de la remisión, evitando la recaída. La cirugía está indicada en aquellos pacientes que no responden a éste o ante la presencia de complicaciones (hemorragia, megacolon tóxico, perforación o cáncer de colon).



1. Primera vez; Algo no tan típico.


En el momento del diagnóstico, fue la primera vez que había escuchado ese nombre; Colitis Ulcerosa. También fue la primera vez que debí permanecer ingresado en un hospital. Hasta ese momento, me sentía privilegiado de jamás haber padecido nada demasiado fuera de lo típico, malestares esporádicos y de relativa corta duración. Sin embargo, a principios de 2025, lo típico ya no explicaba la sintomatología persistente y la extensa duración del malestar que me atacaba día tras día sin cesar. Dolor articular, fatiga, deposiciones numerosas durante el día. En algún momento debía dejar de culpar a la cena de arroz condimentado con pollo algo falto de cocción de hacía algunos días atrás. Debí ser más estricto con mi alimentación para que ésto parase cuanto antes. Pero a pesar de los intentos, todo continuaba igual e incluso empeoraba más y más. Fue así como recién al undécimo día de síntomas consulté un Doctor. Entre suposiciones, análisis, derivaciones a otros especialistas que a su vez suponían sus propias posibilidades y también me recetaban exámenes específicos, la tortura se extendió por más de treinta días en los que había perdido ya casi veinte quilos y mi nivel de positividad decrecía hasta arrastrarse por los suelos. En la última visita a Gastroenterología, me ingresan de urgencia debido a una inflamación intestinal moderada – severa, con gran presencia de úlceras en colon. Al malestar incesante había que sumarle ahora un sangrado permanente con alto riesgo latente de anemia y trombosis. Estuve en sala de emergencias a la espera de una cama que se concretó en tempranas horas por la mañana. Mientras, vía intravenosa, intentaban apagar el incendio interior con corticoides.

Permanecí allí por seis días. El tiempo mínimo cuando estás en un cuadro que requiere internación, siempre y cuando tengas buena respuesta al tratamiento tradicional. Allí me recetan medicación temporal y crónica.

A pesar de todo lo vivido, uno tiende a olvidarse de la gravedad de los acontecimientos. Y, si bien comencé a cambiar mis hábitos alimenticios radicalmente siguiendo las recomendaciones, también cometí muchos errores por ignorancia y no dimensionar realmente lo que padecía. Creía saberlo todo, pero la realidad es que aún me quedaba mucho por recorrer y, sobre todo, mucho por aprender.


                    1. Segunda vez: Lo deduje; era un empuje.


  • No vamos a enloquecernos. Puede ser un simple virus, como le puede pasar a cualquier persona – decía la Doctora, al tiempo que yo escuchaba sin ninguna esperanza – Hay que ver qué dicen los análisis y desde ahí partimos.





A finales de Julio, sensaciones familiares y no muy lejanas en el tiempo, volvieron a manifestarse. El irritante dolor físico, la fatiga prominente que me incapacitaba para cualquier tarea mínima. Visitas recurrentes al templo que se acrecentaban cada día con dejes alarmantes carmesí. En ésta oportunidad dejé pasar unicamente cuatro días desde que visité al gastroenterólogo directamente. Sin embargo, hubo otra cuestión. Una irresponsabilidad disfrazada de valentía. Un reto personal que en ese momento no estaba dispuesto a abandonar aunque implicara empeorar mi salud. La razón me advirtió. El corazón lo ignoró.


Domingo 3 de Agosto de 2025. La duda se mantuvo hasta el último día. En la mañana desperté y me sentía notoriamente mejor, casi que intentando convencerme de que no era una recaída. Los exámenes médicos comenzarían a partir del día siguiente: Lunes 4.

Desde hace algunos años, correr se había transformado en uno de mis pasatiempos favoritos. Casi por casualidad, de a poco se fue volviendo una prioridad dentro de mis rutinas. Al principio era únicamente eso, un pasatiempos. Luego fui exigiéndome cada vez más, hasta intentar completar ciertas distancias en el menor tiempo posible. Todo ésto me llevó a proponerme participar algún día en una maratón completa.

Ese Domingo fresco de sol tímido y gran concurrencia, sería un gran paso hacia el gran objetivo futuro. Ese día, 3 de Agosto, correría mi primer media maratón. Pero todo parecía desmoronarse días previos, cuando comencé con síntomas conocidos. Creo que, si bien era la segunda vez, ya lograba reconocer algunos patrones demasiado puntuales de la enfermedad. La sintomatología es, desde el minuto uno, diferente a cualquier padecimiento típico, por más que se trate de los mismos síntomas. Si tuviera que definirlo de una palabra, sería impiadosa. Alguien que haya pasado por ésto tal vez me entienda sin necesidad de profundizar. Por eso es que, si bien existían posibilidades de que no fuera lo indeseado, mientras la Doctora desde su lugar discreto y profesional me recomendaba paciencia y serenidad, algo en mí parecía confirmar un nuevo capítulo en ésta historia impredecible.

Suelen decirme que correr 21km con altas probabilidades de un empuje (en Colitis Ulcerosa, empuje se le denomina a las recaídas, cuando la enfermedad vuelve a “activarse”), fue un acto de valentía. Al principio recibía el elogio convencido de que realmente lo había sido. Tal vez tenga su grado de valentía e intrepidez, pero con el tiempo me fui dando cuenta que fue mas bien un acto irresponsable y de absoluta estupidez.




Con tantas posibilidades de salir fatal y encima poniendo en riesgo mi salud, hoy día lo tomo un ejemplo de lo que no hay que hacer. Siempre fui alguien de ignorar los avisos del cuerpo. Creía que anteponerse a los riesgos era necesario para ejercitar el ímpetu y volverme “invencible”. Lamentablemente, aplicado a la realidad más cruda, no siempre es así. No es éste el caso. Me imagino, por un momento, todo lo que pudo haber salido mal, y me sorprendo de que todo haya salido relativamente bien. Fue como si, decidido a no dar un paso atrás, haya logrado reducir por un momento los síntomas evidentes. Creo que mi mente se rindió ante la terquedad innegociable.


Claro que el esfuerzo físico que supuso la media maratón fue altamente perjudicial para mi salud. Fue así como un extra para empeorar. Imagina por un minuto correr 21km con fatiga, punzadas en el abdomen, urgencia evacuatoria, y aún así forzar a tu cuerpo a ir lo más rápido posible únicamente por obtener un tiempo decente solamente para inflar una anécdota. Un buen tiempo a cambio de una gran porción de salud. Lastimosamente nada de ésto compensó lo que viviría luego.


                    1. La cárcel de salud


Así denominé al cuarto piso del hospital donde me encontraba, en un cuento corto que escribí en algún momento en aquellos días eternos. A juzgar por la forma de llamarlo, seguramente llevaba ya muchos más días de los que podía soportar. Era una planta rectangular con ventilación un poco discreta, donde el mejor pasatiempos era observar la gente allí abajo gozar de su libertad mientras tu situación aún no encontraba un rumbo regular. Y es que en ese punto era más de lo mismo; Análisis alarmantes, síntomas persistentes y dramas crecientes. El tratamiento tradicional con corticoides que la primera vez me había enviado a casa al sexto día, era ahora insuficiente. Por ese motivo fue necesario tramitar la solicitud de una nueva mediación en el Fondo Nacional de Recursos. Hay que reconocer la rapidez con la que me otorgaron el medicamento. No estoy seguro de que hayan pasado si quiera veinticuatro horas desde el envío del formulario y otros requisitos. Además, es importante destacar también el profesionalismo y el anticipo a los hechos de los profesionales que en todo momento acompañaron mi proceso, a quienes agradeceré puntualmente más adelante. Mi Doctora me recomendó vacunas y estudios puntuales la primera vez, que terminaron siendo requisitos fundamentales para la solicitud en el empuje de Agosto y fue, en gran medida, la razón por la que todo se aprobó tan rápido. Ésto enaltece su experiencia y su capacidad de antelación.


Lejos estuvo de ser tan predecible y rápido como la primera vez. Sin embargo, debí aprender a ejercitar mi paciencia si quería irme de ahí cuanto antes.


3.1 Paciencia, o demencia.





Los días iniciales ingresado fueron muy pacíficos. Los exámenes mostraban mejorías, y todo apuntaba a que, en efecto, sería una historia repetida. Sin embargo, al intentar cambiar los corticoides vía intravenosa a vía oral, el desmejoramiento repentino fue inmenso. Pasé de un PCR* de 11 y bajando, a 60 en apenas un día. Luego de eso, volví a los corticoides intravenosos mientras se ultimaban detalles para solicitar el medicamento mencionado al FNR.


*(Proteína C Reactiva, que mide, a grandes rasgos, niveles de inflamación en el cuerpo causados por, en mi caso, una enfermedad crónica).


Creo que fue a partir del séptimo día que comencé a impacientarme. Sabiendo que debía mantenerme recto y optimista, me costaba mucho seguir esa línea fundamental. La Colitis Ulcerosa es una enfermedad que requiere un balance en varios factores a la vez. Alimentación estricta, descanso adecuado y manejo del estrés. Si uno de éstos aspectos flaquea, es probable que el castillo de naipes se derrumbe de un momento a otro. El desencadenante de mi enfermedad creo que fue un combo mortal entre los tres. Luego de la primera vez, creo que logré reestructurar por completo mis hábitos alimenticios, pero aún seguía sin poder manejar debidamente el estrés ni brindarme un descanso adecuado. Allí fue inevitable el desmoronamiento que terminó en mi peor experiencia hasta el momento.

De los casi veinte días, no creo haber tenido una noche de descanso pleno. Un poco por incomodidad, otro poco por ansiedad. Todo era incierto y, sobre todo en los primeros días, todo era más que nada suposiciones y posibles soluciones que no garantizaban absolutamente nada. O eso es lo que interpretaba mi cerebro sumergido en un fango espeso de pesimismo. Estaba irritado, completamente reacio a visitas y a responder llamados y mensajes más allá de las buenas intenciones detrás. Una noche de aquellas tantas noches me di el gusto de llorar, después de muchos años de estar reseco por dentro. Una parte de mi sabía la importancia de mantenerme firme, pero aún predominaba la pesadumbre.

Entre música, libros, familia y amigos, fue como logré de a poco erguir mi postura ante los acontecimientos. La medicación nueva fue un antes y un después. Hasta día de hoy sigo accediendo a ella y ha sido un pilar fundamental para mantenerme en remisión. Mi alimentación continúa siendo apropiada. Dejé atrás viejos vicios como el cigarro, el alcohol esporádico, las gaseosas, frituras y otras pésimas costumbres que hoy en día comprendo lo irrelevantes que eran en realidad.

El descanso adecuado no siempre es posible, pero intento priorizarlo. He aprendido a manejar el estrés, evitando agrandar las nimiedades y buscando el mejor camino para solucionar aquello que requiera una atención urgente, siempre con absoluta serenidad. Alguna vez leí por ahí; Si algo tiene solución, ¿Por qué te hacés problema? Y si algo no tiene solución, ¿Por qué te hacés problema? He intentando mantenerme en la línea de ésta reflexión, y realmente tiene muchísimo efecto. Es increíble cómo nos alteramos en demasía muchas veces por cuestiones diminutas o posibles problemas futuros que ni siquiera llegan a ocurrir. Claro que todo ésto conducía a un estado de irritación constante que repercutía en las personas a mi alrededor. Mi familia siempre comprendió mi carácter, pero comprendí que nadie merece sufrir las consecuencias de la incapacidad personal para manejar una situación.


3.2 Recuperación y altibajos


Cuando salí del hospital luego de estar veinte días ingresado, me costaba creer que fuera el mismo que hacía apenas un mes había completado una media maratón. En ese momento, quise cruzar la avenida rápido para alcanzar un taxi, y me sentía como un bebé aprendiendo a caminar; Mis piernas desbalanceadas apenas podían mantenerme erguido. Pesaba 63 kilos. Un peso muy distante a los 98 de principio de año previos a la aparición de los primeros síntomas. Mi postura había cambiado. Mis codos y mis rodillas tronaban cada vez que hacía un movimiento. Mis fuerzas estaban reducidas a lo mínimo. Recuerdo bajar no más de diez escalones en dirección a farmacia y llegar agitado y con las piernas acalambradas. La ropa que solía quedarme ajustada, era ahora como enrollarme en una sábana de dos plazas. Se me hacía incómodo sentarme en algo sin almohadilla. Sentí como si toda mi pelvis estuviera desprovista de musculatura. En mi niñez y parte de mi adolescencia solía ser muy delgado, pero jamás a ese punto.

Recuerdo que en todo momento, y sobre todo los días mas cercanos al final de la internación, conservaba un extraño sentimiento de insuficiencia. Me sentía incompleto. Fue una sensación que se disipó inmediatamente en el momento en que retorné a casa, me senté en mi sofá, me desparramé en mi cama. Cociné a mi manera, recorrí mis lugares. Es primordial el poder sanador que conlleva el reencuentro con tu propio espacio personal. Es el plus necesario para terminar de curarte.


Luego de cada internación, me volvía a mi casa con un manojo infinito de medicación temporal, esporádica y crónica. Corticoides (la cosa mas horrenda en cuanto a sabor que puede existir), calcio, inmunosupresores, antiinflamatorios tópicos y, en principio, Infliximab* cada dos meses.


*Los fármacos biológicos como Infliximab, son producidos a partir de organismos vivos, que actúan sobre el sistema inmunitario e incluyen, dentro de otros, a los anticuerpos monoclonales dirigidos contra el factor de necrosis tumoral (anti-TNF), sustancia proinflamatoria que juega un papel central en la patogenia de esta enfermedad. Fuente: (FNR)


Generalmente los corticoides vía oral se van dejando de forma gradual, al igual que el calcio (Uno de los efectos secundarios de los corticoides es la reducción de los niveles de calcio del cuerpo. Además, tenemos completamente prohibida la ingesta de lácteos). Luego de un par de meses, debí suspender, por intolerancia, los inmunosupresores, encargados de hacer que el cuerpo no rechace el fármaco biológico. Pero por fortuna eso no ha sido (hasta ahora, y espero perdure) un inconveniente.

Un aspecto positivo a destacar es que jamás desarrollé anemia. Mi cuerpo siempre presentaba niveles regulares de hemoglobina.





A principios de Diciembre, comencé, nuevamente, con síntomas. Por suerte ésta vez fue un empuje leve, que no duró más de diez días y los síntomas no fueron gran cosa. Justo tenía que recibir otra dosis de Infliximab, la cual fue prácticamente milagrosa. Recuerdo ingresar a la sala del hospital con una pesada fatiga y un poco de dolor abdominal y, al culminar la sesión, fue como si todo se hubiera revertido en las dos horas que duró el tratamiento hematológico. Después de esa recaída tan pronta, decidieron reducir el intervalo entre dosis, bajándola a una adminsitración por mes (antes cada dos). Por el momento estoy así, únicamente tomando antiinflamatorios tópicos diariamente y recibiendo Infliximab cada mes. Suponiendo que logre una remisión más duradera, tal vez en algún tiempo el tratamiento vuelva a los lapsos de tiempo iniciales y se reduzca la cantidad de antiinflamatorios (Mesalazina).


Claro que, si bien he tenido un cambio de mentalidad y he aprendido a reconocer también mis logros y virtudes, no siempre es posible mantenerse enfocado. Hay días mejores que otros. Pero siempre me quedo con una de las reflexiones más estupendas que he oído, mencionadas por uno de los sujetos más fascinantes que ha dado el deporte: Novak Djokovic. En una entrevista, dijo:


Probablemente yo tenga muchos más pensamientos negativos que cualquier otra persona. Tengo presión por todos lados. La diferencia es que a mi me dura un segundo, y probablemente tu dejas crecer esos pensamientos por quién sabe cuanto tiempo hasta que finalmente te consumen”.


En su momento sentí éstas palabras muy cercanas. Lo tomé como una alusión a mis dos versiones, ambas no tan distantes en el tiempo. El tiempo por sí mismo no garantiza cambios. Son las experiencias renovadoras las que forjan un cambio real. Los pensamientos negativos siempre van a aparecer. Hasta la mente más invencible desconfía de sí misma. Ya no permanezco estancado en un pensamiento dañino repentino, porque entendí que en la inmensa mayoría de los casos la angustia viene por situaciones hipotéticas que jamás tienen lugar.

Por mucho tiempo fui una persona de mentalidad débil. Frágil. Sensible a las palabras. Cualquier cosa podía romperme. Hoy, puedo decir con absoluta confianza que todo ésto se ha ido revirtiendo. Lo mejor de todo ésto es que aún me queda mucho por aprender.


Parecerá contradictorio, pero ésta enfermedad, a pesar de sus complicaciones y los estragos que ha causado en mí, ha sido el impulsor principal de mi mejor versión.

No agradezco tenerla. Pero sí que, dentro de tanta incertidumbre, al final trajo consigo un millón de respuestas a peguntas que jamás me había planteado antes.


Los estragos físicos que genera un empuje severo son realmente impresionantes, en el peor de los sentidos. No solo por la enfermedad, sino por los efectos secundarios de los tratamientos. Por momentos me ganaba la frustración. Me costaba creer que, prácticamente, había perdido en pocas semanas, meses e incluso años de entrenamiento. Mis piernas de roble se vieron de pronto reducidas a un par de muslos flácidos sin sostén. Mis brazos perdieron todo su considerable espesor forjado en tardes intensas de ejercicio, pasando a ser poco más que un par de alas desplumadas. Verme al espejo y aceptar mi situación fue realmente deprimente. Veía tan lejana la vuelta a mis tan queridas andanzas, de correr, correr y correr... Llegué a plantearme la posibilidad abandonar todo definitivamente. Me pregunté: ¿Para qué volver? ¿Para qué esforzarme si después pierdo todo el progreso en pocos días?


Los consecuencias físicas y psicológicas de la enfermedad pueden afectar de tal manera que llegué a sentir repulsión por mis verdaderas pasiones. Pero un impulso bastó para comprender que si lo hacía, no me lo perdonaría jamás. Y al fin al cabo, sería rendirme y enterrar una parte fundamental de mi vida. Lo que en conclusión significaba dejar que la enfermedad me controle y que me ganara la angustia.

El impulso fue recordar mi sonrisa cada vez que me lanzaba por ahí a correr. Me dije a mí mismo que no podía darme el deprimente lujo de perder ese tipo de sonrisa tan particular y familiar. La sonrisa que provoca la felicidad de simplemente... ¡correr!


Hoy día estoy mejor que nunca. Apuntando a una carrera universitaria y retomando mi dulce costumbre de correr, luego de casi medio año de dudas sin sentido. No sé qué pasará en el futuro, pero realmente eso ha perdido su valor primordial en mi vida. He aprendido a vivir el ahora y construir el futuro casi que sin darme cuenta.


Como escribí en uno de mis cuentos; No pretendo darle más que su justa prioridad.


Con ésto, ahora estoy convencido de que la frustración es la peor respuesta a las incongruencias de la vida. Convencido también de que, cuando me toque volver a caer, sabré regresar con más fuerza.







Agradecimientos especiales;


En todo éste proceso, fui muy afortunado de contar con excelentes profesionales que siguieron mi situación con profesionalismo y dedicación. Fueron fundamentales en todo el proceso.


A Dra. Agustina Ricca y todo el equipo de Gastroenterología y EII de Asociación Española: Agradezco el compromiso constante para conducirme por el camino más idóneo desde el primer síntoma hasta el punto más elevado de mi recuperación.


A médicos especialistas, enfermeros y auxiliares de ASESP por la excelente atención en todos los aspectos mientras permanecía ingresado.


A mis familiares: Pilares fundamentales para mantenerme firme y optimista a pesar de mis maneras ocasionales no tan correctas de actuar. A ellos, todo mi agradecimiento, amor y fidelidad.


A mis amigos: Un grupo reducido pero valioso que acompañó mi proceso a sus maneras, gracias de todo corazón.












Otra manera de lidiar (canción)



Cansado de preguntas incesantes


En medio de consejeros y comediantes


Sin poder evitar sentirme tan distante


El tiempo resulta sofocante




Después de pensamientos erróneos


Comprendo, no puedo, no quiero estar solo


Voy dejando atrás mis malos modos


La vida es igual de incierta para todos




No pretendo darle más


Más que su justa prioridad


Otra manera de lidiar


Con esta nueva realidad

sábado, 25 de octubre de 2025

Somos Iguales

 G.N. Arias




Ambos sufrían por el mismo tipo de anécdota y su desolador desenlace. Sin embargo, Víctor parecía un poco más rencoroso que Pamela.


  • ¿Cuándo va a ser el día en que las mujeres dejen de preferir imbéciles?


Pamela lo miró de reojo, mientras oía. Prefirió no emitir comentarios. Su instinto femenino deseaba poder refutarlo, pero en su caso particular, últimamente venía siendo verdad. Aún así, se negó por completo a aceptar el siguiente comentario. Una afirmación típica que generaliza injustamente a todo el sexo femenino. Víctor lo entonó con convicción y demasiado resentimiento.


  • Al final del día, son todas iguales.


Le dirigió una mirada fulminante, esperando que fuera suficiente para que se retractara.


  • No incluyas a todas en el mismo saco – respondió.

  • Sí, sí. Bla, bla, bla. – Víctor contenía unos gestos de burla capaces de irritarla sobremanera – Todas se jactan de ser diferentes. Después hacen lo mismo que hacen todas.

  • ¿Qué es lo que hacemos todas?

  • Desechar al que las quiere de verdad, para irse con el payaso que las trata como mierda.

  • ¿Ah, sí? Pensé que eso hacían ustedes los “hombres”. - Pamela simuló unas comillas en el aire demasiado extensas que Víctor acompañó impaciente con su mirada. Le molestó tanto que deseó quebrarle los dedos.

  • Yo no soy así. Que ustedes elijan mal, es otra cosa.

  • Bueno, ya está, Víctor – culminó ella – Escuché tu historia por dos horas, y ni siquiera pude contarte lo que me pasó a mí.

  • Tampoco me interesa.

  • ¡Ah, claro! Es evidente. - recriminó Pamela, notoriamente decepcionada - Después somos las mujeres las culpables de todo.

  • Y... Sí.

  • ¿Sí, qué? ¡Imbécil!

  • Yo no te falté el respeto.

  • ¡Pero parecés idiota!

  • Idiota sos vos. Diez años de amistad y parece que no me conocieras.

  • El problema lo empezaste vos con la estupidez de que somos todas iguales.

  • Bueno, todas menos vos. ¿Te gusta así?

  • Me gustaría si lo dijeras con honestidad.


Ambos resoplaron al unísono y callaron. Después de un extenso silencio, sus miradas se cruzaron y rieron.


  • Somos un par de bobos – dijo ella.

  • Sí. No cambiamos más – Victor la abrazó contra su voluntad y le estampó un beso sincero en la mejilla – Ahora, contame qué pasó.

  • ¿Te interesa?

  • Sabés que sí.

  • Bueno – carraspeó y se acomodó en el pastito verde del Prado - Vamos con la tragedia.


No habían demasiadas variaciones con lo acontecido en la historia macabra de desamor que Víctor había expuesto momentos antes del altercado entre dos viejos amigos. Ambos habían apostado por individuos creados bajo el mismo concepto insensible. Comprendieron que no había sido buena idea ligarse con personas recién separadas y pretender un universo de maravillas desde el minuto uno. Probablemente éstos sujetos ni siquiera tuvieran la capacidad aún de discernir otra realidad más que la anterior. Tanto Pamela como Víctor habían padecido el más vergonzoso de los rechazos; Arriesgarse y pasar desapercibidos. Ambos creían ser capaces de reconocer a los históricos y peligrosos seres que sólo esperan llenar los vacíos para luego descartarlos como el envoltorio de un postre al que, de todas maneras, habían saboreado. Sin embargo, incluso siendo conscientes no podían evitar arrojarse al abismo de una buena palabrería.


  • ¿Será que tenemos el autoestima bajo? - preguntó ella.

  • Puede ser que sí, un poco. Pero no va tanto por ahí.

  • ¿Entonces?

  • ¿Qué mejor que un par de tarados como vos y yo, tan cálidos, tan bondadosos y dispuestos a llenarles sus vacíos mientras buscan maneras de reconstruir su relación irreparable?

  • Uh, qué fuerte.

  • Sí.


  • Lo bueno es que no somos como ellos – Dijeron al mismo tiempo. Se miraron, intentando convencerse y recomponerse mutuamente, pero ésta frase ya no brindaba ningún consuelo. Hacía tiempo que había perdido su efecto sanador.


  • ¿Te puedo preguntar algo sin que suene mal? - Lanzó Victor. Pamela reconoció el tono de inevitable incomodidad latente. Volvió a cambiar de postura en el pastito que ya no resultaba tan cómodo

  • Sí.

  • ¿Por qué nunca nos enamoramos?

  • ¿Qué?

  • Vos y yo.

  • Yo sí estuve enamorada muchísimas veces.

  • Me refiero a nosotros dos. ¿Por qué si nos creemos tan perfectos y diferentes, no estamos juntos? Nos hubiéramos ahorrado muchas decepciones.

  • ¿Estás enamorado de mí?

  • Claro que no.

  • ¿Entonces?

  • Es lo que pregunto.

  • ¿Qué querés saber? ¿Si estoy enamorada de vos?

  • ¿Lo estás?

  • ¡Claro que no!

  • ¿Entonces?

  • ¿Entonces qué?

  • Es lo que pregunto.


Victor esbozó una sonrisa y Pamela prefirió fingir demencia. Había habido una revelación.


  • ¿Ves? - continuó él – Al final no somos tan distintos a ellos. Sería todo demasiado fácil. Nos gusta complicarnos.

  • Parece que sí.

  • Somos humanos.

  • Somos todos iguales.

  • Exactamente eso. Ni las mujeres, ni los hombres. Somos todos, todos iguales. La diferencia radica en los principios de cada uno, Pamelita. Es independiente de nuestro género.

  • ¿Por qué cambiaste de idea tan de repente?

  • Siempre lo supe. Vos también. Todos lo sabemos. Pero... Cuando nos pasa, no somos críticos. Los efectos de las decepciones son peligrosos. Nos hace ignorar todas nuestras convicciones y, por el contrario, convencernos de ideas opuestas.

  • Somos humanos.

  • ¡Exactamente eso!

  • Somos todos iguales, entonces.

  • Quizá nosotros no seríamos capaces de usar a otros. Pero todos buscamos lo mismo; desafíos. Tu pretendiente y mi pretendienta se creen con la facultad de cambiar sus realidades irreversibles. Insisten por pura costumbre. Quizá por amor, pero un amor atrofiado. Para ellos, vos y yo somos lo contrario; paz servida en bandeja. Eso no es interesante. En el fondo sí quieren paz, pero que les cueste. Y si es bajo sus condiciones, mejor. Nosotros también buscamos desafíos y queremos paz a un precio caro. Sabíamos, en el fondo, que no era buena idea. Sin embargo, ahí vamos. Somos fáciles de endulzar, y ellos son buenos endulzantes.

  • Y bueno. Qué le vamos a hacer... Algún día vamos a dejar de aceptar migajas. Pero por ahora no.

  • ¿Por qué por ahora no?

  • Bueno... Voy a verlo mañana...

  • ¡Pamela! - reprochó él.

  • Es una despedida – justificó, incapaz de mantener el contacto visual – Ya le dejé en claro que no quiero volver a verlo después.

  • Por favor...

  • Sí... Lo sé.

Con la cabeza gacha, casi dieron por terminada la conversación. Pero Víctor no había sido totalmente sincero.


  • A lo mejor también la vea mañana...

  • ¡Victor!

  • ¡Ya sé, ya sé!

  • Lo tenías bien guardado, ¿Eh? Tanto sermón y filosofía emocional al pedo.

  • ¿Cómo que al pedo? No creo que haya sido al pedo. El hecho de que no siga un ejemplo no quiere decir que no pueda aconsejar lo contrario. Eso es una falacia de... Bueno, no recuerdo el nombre. Sólo estaba esperando que confesaras vos primera para no sentir tanta culpa.

  • Por favor...

  • Sí... Lo sé.


Se recostaron juntos en el pastito levemente incómodo. Observaron las nubes pasar por un buen rato, sin decir nada. Pretendían llorar, pero lo ridículo de la situación se prestaba más para la risa. Pero al intentar reír, se daban cuenta que sería más factible llorar. Así que no pudieron hacer otra cosa más que mantenerse neutros. Serios. Completamente inexpresivos. Sólo el cabello largo al viento de Pamela y los constantes parpadeos diferenciaban aquella secuencia de una fotografía inmortalizada.


Victor fue quien rompió el silencio.


  • ¿Seguro nunca estuviste enamorada de mí?


Pamela sonrió. Se incorporó para contestar. Víctor se mantuvo serio.


  • ¿Ves? Al final ustedes sí son todos iguales.


martes, 20 de mayo de 2025

"Que te sea leve"

G.N. Arias


El surco del sofá le consumía casi por completo. El algodón de relleno estaba reducido a una simple masa uniforme que había cedido ya hacía meses. Para Carlos seguía siendo cómodo, su culo todavía se adaptaba muy bien a pesar de la dificultad para ponerse de pie luego. A pesar de sus casi cuarenta, no debería padecer tanto sufrimiento para ponerse de pie. No deberían de tronarle las rodillas de aquella forma.

Un vaso de fernet a su derecha, y el control de la televisión posando en su mano izquierda. Esperaba impaciente un nuevo clásico de fútbol entre Nacional y Peñarol. Se aclaró la garganta, listo para criticar la primera decisión arbitral en contra a pesar de ser correcta, o gritarle a todo pulmón fracasado al primer jugador que desperdiciara una chance clara de gol imposible de fallar.

Aquél era su ritual a pesar de saber que los fracasados tenían menos tiempo para decidir. Resultaba sencillo ponerse en la piel de crítico teniendo tiempo previo y posterior para analizar cuál pudo haber sido la mejor opción de definición. Los futbolistas deben decidir en apenas segundos. Ni que hablar de la presión de más de cuarenta mil hinchas a favor y en contra al mismo tiempo. Sus legados dependen de si el cuero redondo ingresó en las redes o no. Sin embargo, aquellas cuestiones evidentes no frecuentaban mucho su cabeza. El insulto hacia la pantalla no era más que una forma de desligue de tanto maltrato rutinario.


Era Domingo, su preciado día libre. Aún así, dedicaba mucho tiempo a repasar la pesadez de la semana superada. Se dio cuenta de que la mayoría de acontecimientos no eran más que lagunas mentales. Tenía la sensación de no haber existido. Silenció el televisor en cuanto se dio cuenta de que en realidad todo el mes había sido igual. Incluso el último año y también años anteriores. Observó su figura y se sintió despreciable. El olor a cigarro en el ambiente de pronto se volvió mucho más evidente. Todo parecía intensificarse. Carlos comenzó a sentirse irrelevante. Intentó recordar algo que le trajera un poco de esperanza. Se le vino la imagen de su amigo Jean Pierre. Hacía mucho tiempo no sabia de él y el día anterior lo había topado en el ómnibus camino a su trabajo. Fue una conversación totalmente genérica, en donde intercambiaron un rápido repaso de sus vidas en el trayecto a sus destinos. También se prometieron una reunión pronto, que ambos sabían que no sucedería jamás. Pero fue bueno volver a saber de sus respectivas existencias y que todo fuera relativamente bien. Siempre se podía estar peor. Porque habían personas pasándola realmente mal y, aunque suene egoísta, aquella era la mayor motivación que Carlos solía utilizar como refugio.

Jean Pierre había descendido en las inmediaciones del Palacio Legislativo. A pesar de que se hicieron muchas preguntas, Carlos olvidó enterarse en qué trabajaba actualmente. Recordó sí haberle dicho que seguía en el mismo trabajo de hacía veinte años, el bazar. Ese mismo trabajo que año tras año pensaba abandonar pero que finalmente tomaba forma de eternidad. Había conocido a Jean Pierre hacía algo más de quince años en su mismo empleo actual. Compartieron allí algunas navidades hasta que un día fueron transferidos a otras sucursales. Quizá también siguiera en lo mismo. Eso también le tranquilizó. Quien logra avanzar generalmente no utiliza el transporte público. Esa fue su deducción. Solía reconfortarle saber que la gente a su alrededor seguía tan estancada como él. Aunque claro, no podría jamás compartir éste aspecto tan sincero.


“Que te sea leve”, le había dicho Jean Pierre. Una frase que suele emplearse en ámbitos de trabajo. ¿A qué se refiere la gente cuando te dicen algo así? Es casi tan automático como un saludo o el típico “cuidate”. Ésta última solía ser una frase más de bien de relleno. Es como decir; No me interesaría demasiado si te fuera mal, pero ojalá te vaya relativamente bien. Aunque eso depende totalmente de vos. A mí no me pidas nada.

Tal vez su forma de recibirlo era demasiado pesimista. Pero a Carlos le resultaba algo semejante.

El bendito “Que te sea leve”, era algo más allá. Un deseo que depende más de la interpretación que de la realidad. Nadie se refugia en los deseos de que nos sea leve para afrontar el día. La rutina no disminuiría su intensidad por recordar que alguien deseó que nuestro día fuera leve.

Carlos creía que los deseos siempre escondían un trasfondo mucho más profundo. Si se desmenuzara la frase la frase en cuestión, quedaría algo como: “Deseo que tu rutina de hoy no sea tan basura como suele ser la mayor parte del tiempo. Espero de corazón, que puedas utilizar el día para algo más que no sea alquilar tu salud física y mental por un salario mínimo. De verdad desearía que tu jornada sea lo menos esclavizadora posible y, que al llegar a tu casa, aún conserves un poco de energía para vivir de verdad. En verdad espero que tu vida no sea tan miserable. Al menos por hoy.”


Claro, todo era cuestión de interpretación personal. Así resonaba la frase en la cabeza de Carlos, que había perdido todo interés en el cambio. A los veinticinco también solía convencerse erróneamente que estaba llegando tarde. Ahora, con cuatro décadas encima, caía en la cuenta de lo equivocado que había estado, y que aún está. Sigue estando a tiempo, sólo que a veces prefiere la ceguera por encima de un vistazo sincero de su realidad. Es menos trabajoso vivir con preocupaciones de personas inconformistas. La superación supone complejidad.


Ahora, ¿Cómo sobrevive siendo consciente de su ausencia de propósitos? Es una cuestión opacada por la misma comodidad del sofá, desgastado pero aún funcional, que de igual forma comenzaba a darle un ligero dolor lumbar. Hubiese querido levantarse, pero es su día libre. ¿Qué más podría esperarle allí afuera?


Mientras repasa su rutina, un pensamiento fugaz le cruza por la cabeza. Un repentino arrepentimiento. Una sensación de infelicidad. Un golpe bajo a sus creencias. Autocrítica.

Pero logra disipar los demonios con un rápido vistazo a la pantalla. Peñarol ganaba 2-0 en apenas diez minutos de juego.


La determinación no duró demasiado. Carlos volvió a su realidad. Todo era culpa de esos fracasados que no podían dar dos pases seguidos.



sábado, 28 de diciembre de 2024

"Reproches Modernos"

 


Gonzalo Arias



Recién cuando habían logrado vencer la dulzura engañosa de la costumbre, llegaron a la sana conclusión de que lo mejor era separarse. Evidentemente, los días posteriores habían sido una mezcla de arrepentimiento y convicción. Aún había deseo, de cierta manera, pero no había sido tan fatídico como creían. En los días de crisis, era una necesidad volver a estar mal. Aunque a esa altura todo se disipaba rápidamente. A lo mejor ninguno quería admitir que, al final del camino, no había sido lo que esperaban. Sería un despropósito decir que su relación había sido una pérdida de tiempo, aunque a veces era inevitable creerlo. Ambos tenían la sensación de que debían recuperar tiempo perdido, lo cual era una señal más bien deprimente. Un balance completamente pesimista de lo que habían sido tantos años de relación. Una gráfica en rojo infinita que traspasaba la lámina de papel. El verdadero culpable del desgaste variaba según la versión. Aunque en realidad, había sido obra de ambos. Las personas suelen buscar siempre un culpable y una victima cuando en realidad, en la mayoría de ocasiones, el desgaste se da por contribución mutua. Pero ese aspecto suele ignorarse. De ninguna manera seremos capaces jamás de repartir las virtudes y responsabilidades de manera equitativa.


Sofía y Martin solían creer que eran atómicamente idénticos, una idea que al principio les enorgullecía, pero con el tiempo les comenzó a disgustar. Se dieron cuenta que, mas bien, eran contrarios. No siempre ser iguales es una razón para continuar, a la vez que ser opuestos no supone un reto interesante para todo el mundo.

Incluso se opusieron en sus maneras de sobrellevar la ruptura. Sofía prefirió viajar y desconectarse completamente, mientras que Martin intentó crear nuevos vínculos y estar más presente con su entorno mas cercano, a quienes ahora creía haber abandonado por priorizar a su pareja.


El viaje de Sofía fue planeado con poca antelación. Solía preocuparle no tener un control absoluto sobre cada detalle de las cosas. Para ella, la planificación responsable era fundamental. Pero ésta vez, prefirió ser arrastrada por el azar. Eligió Geirangerfjord, Noruega, como destino. Necesitaba montañas, aire real, aromas distantes al combustible y concreto de la ciudad.


Alquiló una cabaña por internet, que fue lo único que le requirió más atención, sobre todo para asegurarse de que no le estafaran. Allí pasaría los próximos cuarenta días.


  • ¿Te vas cuarenta días? - quiso saber su amiga.

  • Sí. ¿Qué tiene de malo? - preguntó Sofía

  • No hay nada de malo con eso. Me encantará que te tomes unas vacaciones. Lo que no entiendo es por qué querés irte sin teléfono. Si me muero no vas a enterarte – bromeó.

  • Las personas hace cincuenta años atrás viajaban sin teléfono, y vivían tan bien...

  • Lo sé, pero ya no estamos en esas épocas. Es necesario estar conectados. Además, vas a estar del otro lado del mundo. Necesitás guiarte. Necesitás internet, el mapa, información.

  • Llevo un mapa de enciclopedia. Si me pierdo, pregunto. Mucha gente allá habla inglés.

  • ¿Un mapa de enciclopedia? Estás loca...

  • No lo digas...

  • No...

Su amiga solía molestarla diciéndole que la ruptura con Martin le había vuelto loca. Aunque ésta vez lo creía de verdad. Comprendía de principio a fin su necesidad de despejar su enredo mental Pero irse a un lugar desconocido por cuarenta días sin teléfono móvil, lo consideraba una aventura arriesgada.


  • Voy a estar bien, preciosa – le dijo, intentando disipar su entrecejo que denotaba preocupación – Llamaré cada semana para tranquilizarte.

  • Está bien, andá – dijo ella – No tenés por qué llamar. Vas a estar bien. Si es lo que querés, hacelo.


<<Necesitás internet, un mapa, información...>>


¿Realmente era necesario tanta conexión? ¿O nos han hecho creer que necesitamos depender de una pantalla? Ella creía que jamás todo aquello había sido una necesidad. Simplemente una facilidad. Y, como todo lo que involucra facilidades y dinamismo, el ser humano lo necesita.


Unas vacaciones extensas al otro lado del mundo, era todo lo que necesitaba. Pero incluso a sus treinta y cinco años, Sofía seguía necesitando la valoración de Mara, su amiga. Era el único ser humano imprescindible en su vida. Todos necesitamos alguien que valore nuestras decisiones, sea para bien o para mal. Agradecía que, a pesar de su preocupación, entendiera su decisión un tanto rudimentaria. Era una experiencia que llevaba años postergando, a la que Martin se había opuesto toda su vida. Conocer las montañas de Noruega, alquilar una cabaña de madera y vivir al ritmo de los lugareños por algunas semanas.


Era surrealista pensar en que, hoy día, resultara una rareza intentar desaparecer unas semanas desconectado del ritmo vertiginoso de la sociedad superconectada. Por suerte no tenía nadie a quien preocupar demasiado. Lastimosamente sus padres habían fallecido. Era hija única y tan sólo tenía una amiga, a la que últimamente veía cada vez que Mercurio se acercaba a la órbita de Neptuno. Bueno, quizá también Martin...


Con sus gafas exuberantes, su vaso térmico desbordante de café cargado y sus mejores prendas, partió un sábado a tempranas horas rumbo a tierras nórdicas. El Aeropuerto Internacional de Carrasco era un cementerio de viajeros dormitando. Sofía intentaba mantenerse en pie, pero ni el café lograba mantener sus párpados despegados. La realidad era que deseaba ya estar encima del avión, reclinada en su asiento designado retomando el sueño interrumpido. Esperaba superar pronto a ese momento tenso en el que la azafata expone su show teatral en el que indica la manera idónea de colocarse la mascarilla de oxígeno en caso de que el avión decida reventar en pleno vuelo acabando con las ilusiones de todo el mundo. Para luego sí, dar paso al instante mas preciado en el que reducen la intensidad de la luz para permitir a los viajeros un sueño más profundo.


Desgraciadamente la luz interior siguió brillando tan fuerte como el sol que comenzaba a impactar en un sector del avión. Justamente, claro está, en medio de su cara. Sofía maldijo haber olvidado su antifaz de dormir. ¿Qué persona respetable en éste mundo olvida algo tan básico para un viaje de mas de diez horas?


  • Estimados pasajeros – se interpuso una voz robótica - Informamos que, a partir de éste momento, está permitido el uso de aparatos electrónicos.

Sofía suspiró. Palpó su bolsillo, pensando en conectarse a la red wi-fi del avión y divertirse con algunos vídeos ridículos.

Pero lo recordó al instante.

Por un momento sintió un profundo arrepentimiento. Pero sabía que aquello no era más que algo pasajero. Desde hacía un tiempo venía intentado acostumbrarse a un proceso paulatino de reducir el tiempo que invertía en pasar pegada al teléfono deslizando el dedo, sin más, muchas veces sin recibir ni siquiera diversión a cambio.

Había guardado un par de libros en el bolso que llevaba consigo, pero eso implicaría levantarse del asiento y revolver el equipaje. En ese momento no estaba dispuesta, tal vez más tarde.

Echó un vistazo a las alternativas de entretenimiento más instantáneas que ofrecía la aerolínea. Deslizó la pantalla táctil ubicada frente a sí, y encontró algunas cosas que podían llegar a rellenar de manera aceptable el tiempo vacío. Invirtió incontables horas en nutrirse de documentales sobre vida extraterrestre, llegando a la conclusión de que era imposible estar solos en un universo tan extenso. Por último decidió torturarse emocionalmente reproduciendo Me Before You. El impacto sentimental de esa película seguía siendo tan intenso como la primera vez. Era de sus cintas predilectas. Aunque también le idiotizaba sobremanera. Comenzaba a rendirse ante la nostalgia, la de tipo engañosa. En ese momento sintió ansias impostergables de abandonar aquél avión y abalanzarse a los brazos de Martin.


Por suerte la estupidez le duró poco tiempo. Se había dormido en algún momento, y despertó debido a la inquietud de los pasajeros una vez informados de que comenzaría el proceso de aterrizaje. Sofía tardó algunos minutos en comprender del todo qué sucedía. Los ojos bizcos y repletos de lagañas como los de un gato cuando se le interrumpe se anhelada décima siesta del día. Su aliento apestaba, y su cabellera era una maraña de hilos negros sin dirección. Se avergonzó al pensar que quizá se la había pasado las horas roncando como un oso. Demoró en darse cuenta de que el pasajero sentado hacia el pasillo de la fila contigua, le dirigía la palabra con entusiasmo. Acomodó su pelo desorientado y despejó sus ojos con un violento frotamiento al percatarse de la belleza privilegiada de aquél hombre.


  • ¿Qué me has dicho? - preguntó, en un tono grave.

  • Estuviste muy ocupada durante todo el viaje – dijo él, sonriente – Envidio tu facilidad para dormir. ¿Cómo le haces?


A Sofía se le encendió la señal de alerta. Una sirena ensordecedora interior hizo vibrar su cerebro. Aunque le dolió, apenas le dirigió una sonrisa. El tipo parecía algo menor a ella, aunque no estaba muy segura. Notó como él se enrojecía de vergüenza. Probablemente se había sentido completamente ignorado. Pero Sofía no quería caer en la trampa macabra del destino. No habrían amores pasajeros en sus vacaciones. Castidad absoluta.





2




La ciudad de Oslo terminó por rogarle que disfrutara unos días más de su extensa y exclusiva nocturnidad. Pasó allí más de la cuenta, pero al quinto día abandonó la capital para sumergirse en otro vuelo hasta su principal destino: Geirangerfjord. Allí se alojaría en una cabaña bajo la ruta 63, al borde del río Geirangelva, una extensa masa de agua que fluye desde el lago Djupvatnet hacia el fiordo Geirangerfjord, pasando por el pueblo de Geiranger, donde Sofía sería por fin feliz. Una mujer montevideana intentando adaptarse a una cultura distante en el menor tiempo posible.


El último trayecto se trataba de un viaje corto de quince minutos en coche que le llevaría a destino. Pero prefirió utilizar sus pies como medio de transporte. Con su pequeña valija en mano y su monstruosa mochila que le hacía crujir la espalda, se lanzó hacia la aventura. Se sintió un poco anticuada al guiarse con su súper mapa impreso que en realidad supo luego que estaba desactualizado. De todos modos, le fue fácil encontrar alguien que supiera guiarle. Enfiló hacia la ruta 63, y desde allí descendió por un empinado valle que le permitió ingresar al pueblo de Geiranger más rápidamente. Aquello le costó algunos raspones. Su valija se le escapó de las manos y rodó colina abajo, pero el elevado precio que alguna vez había pago por ella confirmó su buena calidad. La valija le esperó allí abajo, mucho más entera que ella.

Su actitud kamikaze alertó a algunos lugareños que se acercaron con sigilo. Sofía se incorporó, tomó sus pertenencias desparramadas y sonrió. Pensó en que aquello había sido una mala idea y que se encargarían de regresarla nuevamente hacia Uruguay. Pero el tono que emplearon no fue duro ni mucho menos de desconfianza.


  • ¿Estás bien? - le preguntaron en noruego.


Sofía no entendió ni media palabra. Se limitó a sonreír nuevamente.


  • ¿Español? - preguntó. Pensó en que tal vez nadie hablaría español allí. Sorprendentemente, dos personas respondieron afirmativamente.



  • Nos preguntábamos si estabas bien – el acento era evidente.

  • Ah, sí. Muchas gracias. Estoy recontra bien.

  • ¿Recontra? - preguntó una chica noruega. Alta como un basquetbolista, rubia y ojos claros que Sofía no pudo distinguir si eran azules o verdes - ¿Argentina?

  • No, por dios. Soy uruguaya.

  • Ah, ya. Es que hace poco conocí algunos turistas argentinos y ya he escuchado la palabra “recontra” antes. Jamás comprendí cómo usarla correctamente.

  • Sí, tenemos costumbres y acentos muy parecidos. Pero a la vez somos muy diferentes. ¿Hay muchos argentinos acá?

  • La verdad es que no. Conocí unos pocos éste verano pero ya no están aquí. Tampoco hay gente América sur casi. El invierno comenzará pronto y aquí el turismo comienza a ser cada vez menos.


Sofía se sintió aliviada. En el transcurso de sus vacaciones no quería coincidir con nadie que le recordara su propia cultura ni similar. Quería estar en un mundo completamente alejado. A su vez, agradecía que hubieran personas que manejaran el español y algunos con tanta soltura como en el caso de la joven esbelta de pupilas multicolores.


Al adentrarse en el pueblo, Sofía comenzó a deleitarse con los primeros paisajes. Era principios de Diciembre. El clima estaba agradable, aunque le advirtieron que aquél solazo amigable era una anormalidad sin precedentes. En los próximos días las temperaturas descenderían drásticamente.


  • ¿Por qué venir en ésta época y no en verano? - A Sofía le resultó gracioso como un verbo podía resolver todas las conjugaciones que los extranjeros desconocían.

  • Porque el verano me deprime. Prefiero el invierno.

  • Oh, eres rara.

  • Puede ser que sí – Sofía sonrió.

  • ¿Dónde te quedarás?

Sofía extrajo un papel con la dirección exacta. Se lo extendió a la chica alta de color de ojos irreconocible, y le preguntó su nombre.


  • Mi nombre es Synnøve – respondió ella, un poco distante. La chica aún seguía concentrada en la dirección escrita en el papel.

  • ¿Qué pasa?

  • La dirección. ¿Estás segura que es aquí?

  • Y... Imagino que sí.

  • ¿Dónde lo has reservado?

  • Por Internet.

  • Ya. Lo mas probable es que te hayan estafado. - dijo, y sonrió – Pero eso no importa. Podemos conseguirte hospedaje.


Sofía no sabía como sentirse al respecto. Solía bloquear su tarjeta luego de hacer algún tipo de transacción por internet, por lo que no debería preocuparse. Aunque el dinero invertido en la cabaña fantasma probablemente ya estaba depositado en alguna cuenta de banco en algún paraíso fiscal.


Un detalle le sorprendió en cuanto fue capaz de percibirlo. Algo no cuadraba. El sol comenzó a ocultarse de pronto. ¿Era ya de noche?


  • ¿Qué hora es? - preguntó.

  • Ya son casi las tres y media.

  • ¿De la tarde? - su propia pregunta le resultó patéticamente evidente.

  • Claro.

  • Pero...

  • ¿Qué?

  • ¿Cómo puede estar anocheciendo a mitad de la tarde?

  • Aquí comienza a oscurecer por éstas horas. Recuerda que aquí... sitio alto. Aquí las cosas no son como en Aragui.

  • ¿Aragui?

  • ¿De dónde vienes?

  • Uruguay.

  • Eso quise decir.


Sofía sonrió. Al parecer Geiranger tenía mucho más para ofrecer de lo que imaginaba. Sería increíble poder vivir la experiencia de noches interminables.


El frío comenzó a resoplar de pronto. Sofía se refugió en su chaqueta, pero no fue suficiente. Era un frío punzante, helado en el sentido más amplio. Era como si aquella temperatura agradable inicial no hubiera sido más que una cálida bienvenida. El clima había perdido toda su compasión, y le obligó a acostumbrase rápido.


Synnøve la recibió en su casa. Sofía no sintió desconfianza en ningún momento. A la luz tenue de la cabaña, reconoció que los ojos de Synnøve eran grises. Fue algo espectacular, jamás había visto unas pupilas semejantes.


La joven vivía con su madre, una encogida anciana amable, que perfectamente podría incluso ser su abuela, y otra chica adolescente que supuso era su hermana pequeña. Ambas fueron amables y hospitalarias. Le ofrecieron algo caliente, y Sofía rápidamente logró vencer el frío.

Allí no habían cortinas. Los ventanales dejaban ver cada centímetro de paisaje posible. De pronto el viento se hizo aún más malévolo, y comenzó a nevar.


  • Hasta que al fín – dijo Synnøve – Ya se había tardado.

  • ¿Qué cosa?

  • La nieve. Has llegado tú y todo ha vuelto a la normalidad. ¿No serás, acaso, alguna especie de diosa del clima?


Sofía se sonrojó. Negó con decisión.


  • ¿Te gusta la nieve?

  • La verdad es que para mí es como un lujo. En Uruguay no hay nieve. Sólo heladas. ¿A ti?

  • Es bonita hasta cierto punto. Hay temporadas en las que se queda todo cubierto de nieve y ya no es tan bonito – se mostró algo preocupada al decirlo - ¿Quieres ayudarnos? Estábamos a punto de comenzar con las decoraciones navideñas.


Aquello le inundó el alma de felicidad. La cabaña, los ventanales. La nieve. La navidad latente. La hospitalidad. El espíritu festivo. Todo le resultaba algo completamente ajeno. Sin embargo, era un momento que siempre había estado esperando. Algo que desde siempre había formado parte de su escencia, sólo que jamás tuvo con quien exteriorizarlo y compartirlo con semejante entusiasmo.




3



Día 20


Es común asociar el rápido paso del tiempo con diversión. Pareciera que, cuanto más felices somos en un sitio con determinada compañía, el tiempo no es tu mejor aliado. Se empecina en marcharse pronto, y todo se torna efímero. Sofía, sin embargo, sentía que aquellos veinte días transcurridos habían sido una eternidad. Como si llevara años viviendo allí y todo aquél reducido grupo de habitantes fueran su familia.


A pesar incluso de la corta duración de los días en Geiranger y la temporada baja, habían demasiadas actividades para realizar. La naturaleza allí te ofrecía un constante abanico de posibilidades imposible de experimentar por completo y a detalle en cuarenta días. Los lugareños se habían encariñado con aquella forastera uruguaya que había llegado un día rodando por las colinas, estafada por Internet y buscando desesperadamente dónde quedarse, pero sobre todo buscando un poco de claridad mental. Aún seguía resguardándose en la cabaña de Synnøve. A diario Sofía le recordaba que le ayudara a encontrar otro sitio donde quedarse. No porque se sintiera mal allí. La realidad era que la calidez con la que era recibida fue acrecentándose cada día. Sólo no quería ser una molestia mas adelante. Cuando se lo planteó desde esa perspectiva, Synnøve se había mostrado notoriamente ofendida. Sofía ofrecía dinero a diario que muy rara vez aceptaban. No podía evitar sentirse un estorbo en ciertas ocasiones, aunque las personas en Geiranger se encargaban constantemente de hacerle sentir lo contrario. Para seguir acostumbrándose al estilo de vida de los lugareños, tan distante a sus apreciaciones, debía intentar dejar atrás muchas de sus propias costumbres. Al menos mientras estuviera allí.


En esos veinte días había memorizado todo el paisaje nevado del fiordo. Había intentando esquiar, pero luego de unos buenos golpazos abandonó la idea. Era importante darse cuenta cuando no se está hecho para determinadas actividades.

La Navidad había sido espectacular, y el año nuevo prometía el mismo entusiasmo festivo.

Las noches extensas eran lo más preciado para Sofía. Jamás había experimentado la sensación de adentrarse largas horas en un cielo oscuro con entera despreocupación. Pero aquella noche en particular, tuvo lugar un evento espectacular. Las condiciones climáticas permitieron avistar algo que Sofía jamás había tenido la oportunidad de presenciar; las auroras boreales. Incluso no sabía con certeza si era algo real. Se trata de un fenómeno natural exclusivo de las zonas polares. El cielo aquél día se tiñó de una amplia variedad de tonos azulados, verdes y rosados, que zigzagueaban en el firmamento como si de una coreografía milenaria se tratase.





Sofía escaló una pequeña zona montañosa hasta donde su limitación física humana se lo permitió. Luego se desplomó en la cúspide de una roca desde la cual se observaba el evento con mucha más nitidez y amplitud.


Fue mágico. Pareció como si aquella luminosidad multicolor hubiera despertado en ella la más absoluta paz. Deseó que ese momento fuese eterno. Quería detener la vida y el tiempo en ese preciso instante. Deseaba que esa experiencia fuese un bucle constante por el resto de la eternidad. Sentía que ya no habría nada más increíble por vivir. Rodeada de desconocidos que ya eran más que muchos conocidos.


Sofía sintió plenitud, quizá por primera vez en su vida. Alejada por completo de su espesa vida rutinaria que había abandonado por cuarenta días, había aprendido a sobrevivir sin la obligatoriedad de permanecer con el ícono en verde encendido todo el día y tecleando a todo mundo.


Por un momento se preguntó como estarían las cosas al otro lado del planeta, allí, en su tierra, en su entorno. Su país. Un país que tanto amaba, a su manera , pero del que decidió escaparse un rato largo. Dedicó unos momentos en pensar en Martin, y como estaría sobrellevando las cosas. Era fin de semana e intentó deducir con quién estaría acostada su amiga en ese preciso momento. Sonrió.


Sofía no sabía que por allí las cosas no iban tan bien.





4


Día 39


Enero iba encaminado hacia la mitad, y las vacaciones a su fin. Aquél día Sofía despertó por última vez en Geiranger. Observó todo a su alrededor por última vez. La cabaña, la madera inamovible de las cuchetas que jamás había escuchado quejarse, el entorno; pequeño pero acogedor. Synnøve, su familia. La gente del lugar. Recordaría aquello por siempre. Pero había algo mejor; sabía con toda seguridad que volvería pronto.

Aprontó sus cosas intentando no alterar el silencio interior. Sólo se distinguía el resoplido porfiado del viento, y la nieve que comenzaba a espesarse cada vez más. Se dio un baño de agua caliente, se preparó un desayuno acompañado de mate. Se dio cuenta de que en casi cuarenta días, era apenas la segunda vez que tocaba el mate. La primera había sido para participar en una charla profunda de intercambio de costumbres. Synnøve había entendido por fin como emplear la palabra “recontra”, y muchos otros modismos rioplatenses que le resultaron divertidos. Sofía percibió allá por el día quince que había logrado arraigar profundamente el “Ta” uruguayo en el vocabulario de Synnøve; Un modismo multifuncional capaz de encajar en cualquier ámbito sin excepción alguna.


Pero algo extraño sucedía aquél día. No había nadie allí. Ojeó por las ventanas traseras, pero no alcanzó a ver nadie caminando por las calles. Quizá por la gruesa capa de nieve, las personas habían decidido resguardarse. La cuestión era que Sofía debía estar en el aeropuerto en media hora, y no habían rastros. No quería irse así, sin más, pero no quedaba otra opción.

¿Habían salido? ¿Volverían pronto? ¿Habían olvidado que hoy era su último día? Sofía consideró la última opción, pero rápidamente la descartó. Se habían pasado la noche hablando sobre el tema, y sobre cuánto se iban a extrañar, además de enfatizar y procurar otra visita de cuarenta días muy pronto.


Se apenó, realmente. No sabía los motivos, pero Synnøve y su familia no estaban allí. Alguien se había ofrecido en llevarla, y esperaba que aquél abuelo llamado Matt que vivía a dos calles tampoco se esfumara. De lo contrario no habría forma de salir de allí. Arrastró con dificultad sus dos maletas y, al abrir la puerta, se llevó un susto. Un agradable susto.


Su fotografía mental no alcanzó a captar todos los rostros que le esperaban allí fuera. Todas aquellas personas le aguardaban para escoltarla hacia el aeropuerto. Sofía se emocionó, pero el frío de fuera congelaba sus lágrimas antes de que llegasen a sus mejillas.


Fue una larga despedida. Incluso debió agradecer y saludar a personas que no recordaba haber visto. Dejó su contacto a Synnøve, quien lagrimeó desconsoladamente.

Todo aquello había sido de una rareza demencial. Interesante, sanador, e inolvidable. Pero de todas formas, no dejaba de ser una raro. Una rareza que allí parecía ser una forma de vida.



Una vez en el avión, se recostó y deseó nuevamente que en algún momento se quedase dormida indefinidamente como en el viaje de ida. Una vez que los dos asientos contiguos fueron ocupados, se quedó allí, expectante. Geiranger ya había pasado a ser recuerdo. Esperaba volver antes de que la mente comenzara a dudar y las anécdotas se tornasen confusas.


Cerró sus ojos, e intentó perderse en sueños. Aún así, el destino le tenía otros planes.


  • Hola – dijo alguien a su costado. Su voz denotaba amabilidad.


Sofía ignoró aquello. Pero abrió los ojos en cuanto consideró la posibilidad de que quizá se estuvieran dirigiendo a ella. Y en efecto así fue.

El mismo tipo que había lanzado la caña de pescar sin éxito en el viaje de ida, volvía a hundir el anzuelo en las aguas tormentosas de Sofía.


Ésta vez ella sonrió, como voto de confianza. El joven le devolvió el gesto.


  • Qué casualidad – dijo él. Su voz imponía una confianza inmediata, algo que a Sofía le solía desagradar en las personas. Pero ésta vez le encendió.

  • No creo en las casualidades – dijo ella, convencida. Se mordió el labio inferior instintivamente – Todo siempre pasa por algo.




5



Se llamaba Máximo y quería coronar ese mismo día. El tipo del avión se había puesto cachondo ni bien bajar de la nave. Sofía descartó la posibilidad de raíz, antes de que se volviera un estorbo y no quisiera volver a saber de él. Le resultaba atractivo y con una inteligencia muy por encima de la media, pero era evidente que el cansancio le afectaba la claridad mental. Además, después de casi quince horas de viajes entre escalas y retrasos, lo que menos quería era ir a tomar un café y comenzar un nuevo ciclo de enamoramiento. Le dejó su numero de contacto y se abalanzó al primer taxi que encontró. Su excusa fue una razón real; cansancio. Sólo quería darse una ducha para luego dormir sin alarmas ni contratiempos. El viaje de vuelta había estado plagado de interrupciones.


El clima acelerado de la ciudad de Montevideo amenazaba con destronar en cuestión de minutos toda su paz generada en Geiranger. Sofía intentó ser indiferente, al menos hasta llegar a su hogar y resguardarse allí, con las persianas bajas buscando el mayor aislamiento sonoro.

Su apartamento se encontraba en plena Avenida 18 de Julio, por lo que había logrado aprender a ignorar el barullo incesante.

Luego de una ducha extensa alternada entre agua caliente y fría, ojeó a la mesilla de noche y avistó a un viejo conocido. Su teléfono aún descansaba en el mismo lugar. Una gruesa capa de polvo colmaba su pantalla. Al levantarlo, la marca rectangular quedó perfectamente dibujada en la masilla que también sufría hiperpoblación de residuos microscópicos. Intentó encenderlo, pero la batería estaba tres metros bajo tierra. Ni siquiera contaba con un ápice de energía para mostrar la típica señal roja de batería baja. Conectó el teléfono moribundo directo a la electricidad, y casi pudo oír cómo el aparato suspiraba, reviviendo luego de cuarenta días.





  • No te extrañé para nada – dijo, mirando el ícono de manzana mordida – Pero ya que estamos aquí... A ver qué me traes de novedoso.


En algún momento, Sofía se quedó dormida en el sofá junto a su cama. Luego se despertó, y la posición en la que se encontraba le había generado una contractura que solucionó con un violento estiramiento. Se tiró en la cama y durmió indefinidamente. Despertó a la noche, con los pies en la tierra y la mente mas allá de Kepler-22. Le dolía la cabeza de tanto dormir. Sin embargo, aquél malestar duró poco. La sensación de satisfacción única que se siente cuando se descansa debidamente despejó cualquier molestia física. Fue abriendo sus ojos paulatinamente para poder acostumbrarse al brillo del teléfono. Digitó su clave sim y luego su clave de desbloqueo. Configuró el móvil en modo vibración, y lo dejó a un costado esperando que todas las notificaciones suspendidas por cuarenta días cayeran como granizos. El teléfono vibró tres minutos seguidos sin descanso. La mayoría de notificaciones eran noticias sin relevancia recomendadas por Google. Despejó todas y cada una de ellas, y sintió una necesidad primaria de hablar con su amiga. La llamó, pero no obtuvo respuesta. Ni siquiera el contestador. Entró a Whatsapp y fue indiferente a la cantidad de mensajes que tenía. No tenía intención de leerlos. Probablemente fueran cosas vinculadas al trabajo. Clientela molesta sin escrúpulos. Ni siquiera los ojeó por encima para captar algo que llamase su atención. Buscó directamente el nombre de su amiga. Tenía un mensaje de ella, de hacía 35 días.


Te extraño. Me quiero asegurar de que realmente no llevaste tu teléfono.


Sofía le escribió una tanda interminable de mensajes.


Tampoco obtuvo respuesta.


Un desolado tic mostraba que el mensaje apenas había sido enviado, pero no había llegado aún a destino. Pensó en la posibilidad más común. Quizá ella tenía su teléfono apagado. Pero le resultó extraño de todos modos.

Luego de algunos intentos más, se rindió. No quería seguir insistiendo. Tal vez estaba ocupada y era cuestión de tiempo para que le devolviera la llamada.

Había entrado nuevamente en un estado dormitivo cuando su teléfono sonó. Le costó entender lo que veía en pantalla, aún se sentía confusa. Cuando la lucidez fue suficiente, atendió la llamada.


  • ¡Amiga! - dijo Sofía. Su tono era somnoliento a la vez que alegre - ¿Dónde estabas, maldita?


El silencio sepulcro fue la peor respuesta que Sofía escuchó en años. O quizá en toda su vida. Pudo oír también un leve suspiro del otro lado. Un suspiro agitado y desolador.


  • ¿Hola? - insistió.

  • Hola – respondieron del otro lado. Aquella voz no era la de su amiga.

  • ¿Mara?

  • No – respondió una voz lúgubre – Elizabeth.

Elizabeth era la hermana menor de Mara. Sofía apenas sabía de su existencia. Intentó asignarle un rostro en su mente, pero le fue imposible. A pesar de que Mara y Sofía compartieron muchos años de amistad, sus familiares eran enigmas. Mara por alguna razón jamás había querido presentarlos, mientras que Sofía, directamente, no tenía familiares que presentar.


  • Ah, hola, Elizabeth. ¿Cómo estás?

  • ¿Cómo puedo estar? - respondió ella, notoriamente desafiante.

    Sofía se quedó expectante. Esperando algo más. Elizabeth también esperó algo.

  • ¿Cómo está Mara?

  • Claro... ¿Cómo ibas a saberlo, no?

  • ¿Saber qué?

  • Mirá, perra puta. No quiero que vuelvas a llamar, ¿Me oíste? Olvidate de éste número, y olvidate de Mara – Su tono se fue acrecentando – Siempre tuve razón. Había algo de vos que no me cerraba. Siempre fuiste una mierda, una basura... ¿Eran tan importantes tus vacaciones de mierda que no fuiste capaz de visitarla un mísero día? Hija de puta... No me extraña que Martin haya terminado así...

Un impulso repentino obligó a Sofía a colgar el teléfono. Su corazón latía más allá del millón de pulsaciones. Se quedó un minuto observando su pantalla, como esperando que el propio teléfono móvil le le brindara una explicación de lo que acababa de ocurrir.


Deslizó la pantalla hacia la derecha, y seleccionó Whatsapp. La aplicación indicaba incontables gigas en mensajería. A Sofía no le había resultado extraño, pero en verdad lo era.

Pero había algo incluso más fuera de lo común. Había una larga lista de chats de números desconocidos. Algunos dejaban ver una foto de perfil que permitía reconocerlos, otros estaban configurados para no revelar su identidad. Estos últimos eran los que solían ser más agresivos. Sofía ignoró por completo aquellos individuos en cuanto supo que la gran mayoría de mensajes de números que no mostraban fotos de perfil eran insultos sin ningún motivo aparente.


Aparente.


Sofía se detuvo un momento. Luego de un largo rato de disgusto y confusión, un mensaje reciente le brindaría todas las respuestas y mucha más intranquilidad.



Hola, Sofía. Soy Sandra, mamá de Mara. Te pido disculpas por la reacción que tuvo mi hija Elizabeth recién. Jamás tuve la oportunidad de conocerte a pesar de que Mara siempre me habló maravillas de vos, y todo lo que significabas para ella. No sé si te habrás enterado ya, pero mi hermosa Mara ha fallecido hace unas semanas. Fue repentino. Al parecer, una cuestión cardíaca. Nadie se lo esperaba. Una muchacha sana... Estuvo algunos días sedada hasta que finalmente no resistió. El daño se volvió irreversible. Tuvo algún momento de lucidez en los que pudimos hablar con ella. Ya sabíamos lo que vendría luego. Cuando alguien que está condenado mejora de pronto, siempre es un mal augurio...

Quiero que sepas que ella preguntó por ti en todo momento. Mara se fue recordándote. También te odié cada vez que ella rezaba tu nombre y tu no estabas ahí. Tenía la esperanza de que esa fuera su cura. Pero si bien a veces me puedo dejar llevar por los impulsos, también soy capaz de reflexionar en frío. Entiendo que estabas de vacaciones y todo ésto te ha tomado por sorpresa... Nadie está preparado para algo así... Me pongo en tu lugar y ha de ser una situación horrible. Si quieres podemos vernos en algún momento para hablar sobre todo lo que ha pasado. Te avisaré en cuanto mis fuerzas me lo permitan. Te mando un abrazo apretado. Te pido por favor, no hagas caso a ningún mensaje fuera de lugar. Sé que te han llegado muchos. Nada de ésto es tu culpa ni responsabilidad.


PD: Siento mucho lo de Martin. Te abrazo nuevamente.


Saludos, Sandra.


¿Qué?...



PD: Siento Mucho lo de Martin”


No me extraña que Martin haya terminado así”




6





El golpe en el rostro aún le escocía. Al beber café, la herida en el labio le hacía brincar de una manera insoportable. Pero el café era su único aliado en ese momento.





Mara había fallecido en vísperas de Navidad, y Martin algunos días antes. Sofía se había presentado en casa de quien fuera su cuñada, recibiendo un golpe en la cara que había puesto un fin abrupto a varios años de buena relación ininterrumpida. Nadie alrededor de las familias de Martin ni de Mara querían verla aparecerse a menos de cien metros.

Ésta vez no había elegido la mesa contra la ventana que daba hacia la calle. Sofía sentía un injusto sentimiento de incomodidad. Como si cada mirada que chocara con la suya le juzgara sin piedad ni compasión. No había sido capaz de llorar aún. Había hecho todo lo posible para evitar ese fatídico momento. Se la había pasado en la calle, yendo de un lugar a otro tratando de engañar su mente.

Sandra se apareció de pronto delante de sus ojos. Se saludaron unicamente con un mínima mueca milimétrica.

Hablaron ininterrumpidamente más de una hora. A pesar de su aparente compresión, Sofía podía percibir cierto desinterés y rabia acumulada en los ojos de Sandra. No sabía si en verdad estaba allí tratando de luchar contra su interior, y en realidad tenía ganas de estrangularla. Sandra no tuvo mucho más que comentarle acerca del fallecimiento de su hija. Los médicos habían dicho que se había tratado de una arritmia severa que terminó con su deceso en días posteriores. Realmente se la notó incapaz de hablar acerca de su hija mayor. Sofía intentó desviar la conversación, pero la realidad es que tampoco existía interés de ignorar la situación. El silencio hubiese sido la mejor opción.

Sofía tampoco había podido saber qué había sucedido con Martin. Esperaba que Sandra hiciera algún comentario. El momento tardó, pero llegó.


  • Nuevamente, lamento lo de Martin.

  • Gracias. Pero la realidad es que ni siquiera sé qué fue lo que pasó... Me siento completamente perdida.

  • Como te dije antes, no hagas caso a los comentarios fuera de lugar – Sandra hizo una pausa , y prosiguió - ¿Realmente quieres saberlo?

  • Si – En realidad no.

  • Martin se suicidó, Sofía – comentó, y aquella confesión pareció dolerle tanto como cuando intentaba hablar de su hija – Mara me lo comentó en su momento. Quería contactarte, pero le fue imposible. Dijo que te habías ido de vacaciones y pretendías desconectarte del todo. Ella asistió a su velatorio. También recibió algunas increpaciones. Ellos creen que Martin se suicidó por tu culpa. Decía estar muy afectado por la ruptura. Muchos de sus familiares necesitaban desquitarse con alguien, y fue Mara quien recibió todo el desahogo. No respetaron ni siquiera un momento tan delicado como ese.


Sofía no pudo contenerse más, y comenzó a llorar desconsoladamente. Un mozo apareció de pronto con un vaso de agua, el cual Sofía agradeció.


  • Nada de ésto es tu culpa, niña – dijo Sandra.


Pero Sofía leía otra cosa en sus ojos. Parecía como si ahora ella se sintiera aliviada viéndola sufrir. Abandonó el lugar.

La tristeza se transformó rápidamente en ira. Gritó con tal vehemencia que las personas alrededor se abrieron y procuraron permanecer alejados de ella.


Recibió un mensaje desde otro lado del mundo. Rió contra su voluntad.


Su respiración volvió a la normalidad. Las lágrimas le resultaron de pronto una demostración innecesaria. Claro que nada de aquello era su culpa. Sólo sentía cierta inquietud. Un sentimiento que probablemente jamás se apaciguaría.


Su error fue simplemente pensar en ella misma. Su error fue querer apartarse del mundo, por cuarenta días.


Su error fue desconectarse.







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