G.N. Arias
Ambos sufrían por el mismo tipo de anécdota y su desolador desenlace. Sin embargo, Víctor parecía un poco más rencoroso que Pamela.
¿Cuándo va a ser el día en que las mujeres dejen de preferir imbéciles?
Pamela lo miró de reojo, mientras oía. Prefirió no emitir comentarios. Su instinto femenino deseaba poder refutarlo, pero en su caso particular, últimamente venía siendo verdad. Aún así, se negó por completo a aceptar el siguiente comentario. Una afirmación típica que generaliza injustamente a todo el sexo femenino. Víctor lo entonó con convicción y demasiado resentimiento.
Al final del día, son todas iguales.
Le dirigió una mirada fulminante, esperando que fuera suficiente para que se retractara.
No incluyas a todas en el mismo saco – respondió.
Sí, sí. Bla, bla, bla. – Víctor contenía unos gestos de burla capaces de irritarla sobremanera – Todas se jactan de ser diferentes. Después hacen lo mismo que hacen todas.
¿Qué es lo que hacemos todas?
Desechar al que las quiere de verdad, para irse con el payaso que las trata como mierda.
¿Ah, sí? Pensé que eso hacían ustedes los “hombres”. - Pamela simuló unas comillas en el aire demasiado extensas que Víctor acompañó impaciente con su mirada. Le molestó tanto que deseó quebrarle los dedos.
Yo no soy así. Que ustedes elijan mal, es otra cosa.
Bueno, ya está, Víctor – culminó ella – Escuché tu historia por dos horas, y ni siquiera pude contarte lo que me pasó a mí.
Tampoco me interesa.
¡Ah, claro! Es evidente. - recriminó Pamela, notoriamente decepcionada - Después somos las mujeres las culpables de todo.
Y... Sí.
¿Sí, qué? ¡Imbécil!
Yo no te falté el respeto.
¡Pero parecés idiota!
Idiota sos vos. Diez años de amistad y parece que no me conocieras.
El problema lo empezaste vos con la estupidez de que somos todas iguales.
Bueno, todas menos vos. ¿Te gusta así?
Me gustaría si lo dijeras con honestidad.
Ambos resoplaron al unísono y callaron. Después de un extenso silencio, sus miradas se cruzaron y rieron.
Somos un par de bobos – dijo ella.
Sí. No cambiamos más – Victor la abrazó contra su voluntad y le estampó un beso sincero en la mejilla – Ahora, contame qué pasó.
¿Te interesa?
Sabés que sí.
Bueno – carraspeó y se acomodó en el pastito verde del Prado - Vamos con la tragedia.
No habían demasiadas variaciones con lo acontecido en la historia macabra de desamor que Víctor había expuesto momentos antes del altercado entre dos viejos amigos. Ambos habían apostado por individuos creados bajo el mismo concepto insensible. Comprendieron que no había sido buena idea ligarse con personas recién separadas y pretender un universo de maravillas desde el minuto uno. Probablemente éstos sujetos ni siquiera tuvieran la capacidad aún de discernir otra realidad más que la anterior. Tanto Pamela como Víctor habían padecido el más vergonzoso de los rechazos; Arriesgarse y pasar desapercibidos. Ambos creían ser capaces de reconocer a los históricos y peligrosos seres que sólo esperan llenar los vacíos para luego descartarlos como el envoltorio de un postre al que, de todas maneras, habían saboreado. Sin embargo, incluso siendo conscientes no podían evitar arrojarse al abismo de una buena palabrería.
¿Será que tenemos el autoestima bajo? - preguntó ella.
Puede ser que sí, un poco. Pero no va tanto por ahí.
¿Entonces?
¿Qué mejor que un par de tarados como vos y yo, tan cálidos, tan bondadosos y dispuestos a llenarles sus vacíos mientras buscan maneras de reconstruir su relación irreparable?
Uh, qué fuerte.
Sí.
Lo bueno es que no somos como ellos – Dijeron al mismo tiempo. Se miraron, intentando convencerse y recomponerse mutuamente, pero ésta frase ya no brindaba ningún consuelo. Hacía tiempo que había perdido su efecto sanador.
¿Te puedo preguntar algo sin que suene mal? - Lanzó Victor. Pamela reconoció el tono de inevitable incomodidad latente. Volvió a cambiar de postura en el pastito que ya no resultaba tan cómodo
Sí.
¿Por qué nunca nos enamoramos?
¿Qué?
Vos y yo.
Yo sí estuve enamorada muchísimas veces.
Me refiero a nosotros dos. ¿Por qué si nos creemos tan perfectos y diferentes, no estamos juntos? Nos hubiéramos ahorrado muchas decepciones.
¿Estás enamorado de mí?
Claro que no.
¿Entonces?
Es lo que pregunto.
¿Qué querés saber? ¿Si estoy enamorada de vos?
¿Lo estás?
¡Claro que no!
¿Entonces?
¿Entonces qué?
Es lo que pregunto.
Victor esbozó una sonrisa y Pamela prefirió fingir demencia. Había habido una revelación.
¿Ves? - continuó él – Al final no somos tan distintos a ellos. Sería todo demasiado fácil. Nos gusta complicarnos.
Parece que sí.
Somos humanos.
Somos todos iguales.
Exactamente eso. Ni las mujeres, ni los hombres. Somos todos, todos iguales. La diferencia radica en los principios de cada uno, Pamelita. Es independiente de nuestro género.
¿Por qué cambiaste de idea tan de repente?
Siempre lo supe. Vos también. Todos lo sabemos. Pero... Cuando nos pasa, no somos críticos. Los efectos de las decepciones son peligrosos. Nos hace ignorar todas nuestras convicciones y, por el contrario, convencernos de ideas opuestas.
Somos humanos.
¡Exactamente eso!
Somos todos iguales, entonces.
Quizá nosotros no seríamos capaces de usar a otros. Pero todos buscamos lo mismo; desafíos. Tu pretendiente y mi pretendienta se creen con la facultad de cambiar sus realidades irreversibles. Insisten por pura costumbre. Quizá por amor, pero un amor atrofiado. Para ellos, vos y yo somos lo contrario; paz servida en bandeja. Eso no es interesante. En el fondo sí quieren paz, pero que les cueste. Y si es bajo sus condiciones, mejor. Nosotros también buscamos desafíos y queremos paz a un precio caro. Sabíamos, en el fondo, que no era buena idea. Sin embargo, ahí vamos. Somos fáciles de endulzar, y ellos son buenos endulzantes.
Y bueno. Qué le vamos a hacer... Algún día vamos a dejar de aceptar migajas. Pero por ahora no.
¿Por qué por ahora no?
Bueno... Voy a verlo mañana...
¡Pamela! - reprochó él.
Es una despedida – justificó, incapaz de mantener el contacto visual – Ya le dejé en claro que no quiero volver a verlo después.
Por favor...
Sí... Lo sé.
Con la cabeza gacha, casi dieron por terminada la conversación. Pero Víctor no había sido totalmente sincero.
A lo mejor también la vea mañana...
¡Victor!
¡Ya sé, ya sé!
Lo tenías bien guardado, ¿Eh? Tanto sermón y filosofía emocional al pedo.
¿Cómo que al pedo? No creo que haya sido al pedo. El hecho de que no siga un ejemplo no quiere decir que no pueda aconsejar lo contrario. Eso es una falacia de... Bueno, no recuerdo el nombre. Sólo estaba esperando que confesaras vos primera para no sentir tanta culpa.
Por favor...
Sí... Lo sé.
Se recostaron juntos en el pastito levemente incómodo. Observaron las nubes pasar por un buen rato, sin decir nada. Pretendían llorar, pero lo ridículo de la situación se prestaba más para la risa. Pero al intentar reír, se daban cuenta que sería más factible llorar. Así que no pudieron hacer otra cosa más que mantenerse neutros. Serios. Completamente inexpresivos. Sólo el cabello largo al viento de Pamela y los constantes parpadeos diferenciaban aquella secuencia de una fotografía inmortalizada.
Victor fue quien rompió el silencio.
¿Seguro nunca estuviste enamorada de mí?
Pamela sonrió. Se incorporó para contestar. Víctor se mantuvo serio.
¿Ves? Al final ustedes sí son todos iguales.
